Creo que una de las satisfacciones mayores que puede tener un profesor, en el ámbito de la docencia, y sobre todo si uno se toma la docencia como algo personal y vocacional, y no como mero "con esto me gano las habichuelas", es poder dar clase a alumnos que responden.

En este nuestro sistema educativo de cuyo lugar no sé donde estamos ni a dónde nos lleva -y esto es un eufemismo, porque me sé exactamente a dónde nos lleva- lo malo abunda y se hace peor. Pero rascando rascando, muy de vez en cuando, se topa uno con un diamante en bruto o semipulido, un superalumno. El mérito es de él, sólo de él -y de sus padres, desde luego-. Y los que le hemos dado clase nos hacemos ilusiones, pensando que hemos contribuido algo a lo que es.

Recuerdo el curso de segundo de bachillerato del año 2004-2005 con añoranza, porque nunca en tan poco espacio se dieron perlas tan buenas, cuyo brillo se hizo notar en la prueba de la Selectividad. Recuerdo que hice mucho el payaso en aquella clase: la regla del "condenpor" para acordarse de los valores circunstanciales del dativo sin preposición, o las americanadas que nos montábamos a ritmo de aprendiz de marine para aprendernos los valores de εχω + adverbio o + infinitivo.

¡Enhorabuena, Pablo!, porque con tu esfuerzo haces que valga la pena el de los demás.

Pablo La Parra Pérez es premio extraordinario de bachillerato y premio nacional de bachillerato en 2006, con el número uno de su promoción. No hay en nuestro territorio nacional otro alumno por encima de él, y esto no es una hipérbole, sino simplemente lo que dice el Boletín Oficial del Estado.

Ahora toca el de la Universidad, primero el de la licenciatura, y luego el del doctorado, y luego.... pues luego, cuando seas inalcanzable, podré señalar con el dedo y decir: "a ése le di clase yo".